Carlos Olsson y la ambiciosa aventura de cruzar el Atlántico en solitario: «Ha sido un no parar» | Yo soy noticia

Carlos Olsson llegó en la madrugada del 16 de noviembre a Guadalupe. Cruzaba la meta y ponía fin a la travesía más intensa de su vida. Con más de 4.000 millas a sus espaldas, el regatista del Club Náutico de Altea cumplía su sueño de completar la Mini Transat. Es decir, cruzarse el océano Atlántico en solitario.

Él es un instructor de vela en Altea, que pasa su día a día enseñando a navegar a los niños. Pero su último año y medio lo ha vivido de puerto en puerto, preparándose para la exigente prueba. Una regata que se inicia con una primera etapa desde Les Sables-d’Olonne (Francia) hasta Tenerife, desde donde se pone rumbo a Guadalupe como gran tramo final.

«Sigo digiriendo todo lo que ha pasado», nos explica Olsson todavía desde la isla caribeña, donde espera su oportunidad para volver a España ante las revueltas que se están produciendo estos días en la región francesa de ultramar. Confiesa que tuvo sentimientos contrariados al finalizar la exigente prueba. «Te quedas un poco ‘chof’, porque he estado trabajando mucho tiempo para conseguirlo, y al llegar te das cuenta que ya ha pasado», expresa.

Para los que disfrutan y viven la navegación, siempre es complicado salir del mar. Lo reconoce él mismo, pues «aunque haya mucho esfuerzo y a veces se pase mal, el mar es donde quieres estar».

Respecto a esto, vivió una situación curiosa. «A falta de dos días para terminar, rompí el brazo hidráulico y me quedé sin piloto», comenta. Esta situación puede ser aterradora, como él mismo afirma. Pero le sacó otra lectura. Por un lado, se sintió agradecido de que no le hubiera pasado antes. Y por otro, este accidente le ayudó «a vivir al máximo los últimos días de navegación». Aunque parezca mentira, ahora se alegra incluso de que esto le ocurriera. «Me ayudó a gestionar la recompensa y el esfuerzo», añade.

En definitiva, fue una experiencia mágica sobre el mar. Un reto completamente nuevo para él, y muy enriquecedor. «Como era la primera vez que cruzaba el Atlántico en cualquier tipo de barco, todo ha sido muy nuevo. Cada día he cambiado de forma de ser y he aprendido cosas nuevas», explica.

El camino hasta la Mini Transat, el verdadero reto

Pese a que la prueba en si es en solitario, el proceso hasta llegar a a ella no podría haberlo hecho ni mucho menos solo. Carlos Olsson de hecho habla en primera persona del plural, cuando se refiere a lo conseguido. «Hablo de ‘nosotros’ porque esto lo hemos hecho con el CN Altea, y con la ayuda de colaboradores y amigos», comenta agradecido por el apoyo durante el proceso que ha durado algo más de dos años.

«Hemos empezado desde cero», recalca, explicando que no tenía experiencia alguna en este tipo de navegación. Tuvo que pedir un crédito en el banco para comprar el barco, vender todo lo que podía y recibir ayuda de sus padres. «Ha sido un proyecto ‘low budget’, el otro día me dieron el premio al proyecto más pobre», comenta entre risas.

«La gente de mi alrededor ha sido muy fiel a nivel de creencia, pero no había nada en lo que creer»

Esto hacía que el sueño fuera más sueño que nunca. «Cuando partes con un colchón, la diferencia entre el sueño y la realidad no es tan grande, pero en mi caso todo el rato era soñar. La gente de mi alrededor ha sido muy fiel a nivel de creencia, pero no había nada en lo que creer», bromea, recordando los problemas que fueron surgiendo durante el camino.

Explica que no es un proyecto que se hubiera hecho antes por su zona, y eso provocaba cierto desconocimiento sobre las necesidades del barco y propias. «Hemos ido poco a poco aprendiendo. Por ejemplo, ahora tengo este dinero y compro con él cuatro poleas, pero luego me doy cuenta que hace falta tal seguro. O pensábamos que teníamos todo, y resulta que la vela es demasiado vieja y tenemos que cambiarla», ejemplifica respecto a las trabas que iban surgiendo. «Los problemas siempre han sido el dinero y la falta de experiencia», añade.

Todo esto le suponía un duro trabajo psicológico. «Cuando la gente te apoya y lo da todo, tú tienes es que estar siempre sonriendo y dar a entender que todo va a salir bien, pero sabes que estás en número rojos», reconoce, reflexionando sobre lo mal visto que está en la sociedad no tener un seguro de dinero. «Vas al día y te la juegas todo. A veces en la vida, si no lo intentas con lo que sea, al final nunca lo haces», apunta.

Al final, afirma que todas las dificultades le han ayudado a que cada paso o entrenamiento se viviera con la intensidad que merecía. «Hay gente que hasta que no ha hecho toda la calificación o regatas, no se han sentido cerca de la Transat. Cada vez que nosotros desamarrábamos el barco y salíamos al mar, ya estábamos más cerca. Era tal esfuerzo ver eso, que a nivel mental ayudaba mucho», explica.

Una vez adquirió el barco, tuvo por delante un año y medio para preparar la prueba. «Hasta que no tienes el barco, no puedes convencer a nadie de que vas a hacerlo», y desde ahí «ha sido un no parar». Muchas regatas de preparación por el Mediterráneo, y tras terminar la calificación, se trasladó con su barco a la Bretaña francesa para seguir su entrenamiento en el Atlántico durante alrededor de 4 y 5 meses.

Un sueño tan duro como parece

El deseo de participar en la Mini Transat le viene desde pequeño. Carlos Olsson, que vino a Altea desde Suecia a los 7 años, se inició en la navegación desde niño. «Cuando vine a Altea, mi padre me dejó en la puerta del club náutico y me dijo que me buscase la vida», relata respecto a sus primeros pasos en este deporte, siendo su padre el que hizo que se iniciara en la vela.

«Allí es donde empecé a navegar con Álvaro Arroyo, que a día de hoy es mi jefe y me ha ayudado en este proyecto. De pequeño siempre soñábamos con barcos grandes que daban la vuelta al mundo», recuerda, confesando que la Mini Transat era un sueño que siempre había tenido. «Luego también conocí a Alex Pella, que estaba preparando una Transat y fui a verle», comenta.

Siempre tuvo ese gusanillo y curiosidad por este tipo de retos: «Yo ya había leído libros al respecto. Me parecía increíble que una persona se valiese de si mismo, en cualquier condición, con un barco de 6 metros y medio, y que encima fuera una competición. Eso me llamaba mucho la atención».

Sin embargo, ese sentimiento afirma que se le fue apagando, hasta que un día volvió por ese camino. «Explotó dentro de mi, y de ahí sale la motivación», expresa.

«Cada uno tiene su viaje y su experiencias, y eso es lo bonito»

El hecho de que la regata sea en solitario, es lo que hace que no sea una cualquiera. Se trata de un reto mayúsculo, para el que no todo el mundo es válido. «No creo que sea mas o menos que otra forma de navegar, simplemente creo que va con la personalidad», comenta al respecto. «Aquí somos 90 barcos, y somos todos diferentes. Cada uno tiene su viaje y su experiencias, y eso es lo bonito», añade.

Explica que el estar a solas requiere de una preparación completa para poder solventar cualquier problema por si mismo: «Desde el momento que se tiene el barco, hay que aprender a hacer de todo». La electrónica, la hidráulica, saber gestionar el sueño y la comida… son muchos los campos que el regatista debe dominar. «En medio del océano puedes tener cualquier problema de este tipo. Y según las condiciones que tienes, hay que saber como controlar eso», apunta, dando a entender la importancia de tener experiencia en la navegación en solitario.

«Hay gente que ha roto el mástil, que ha encallado, o que ha sido atacado por orcas», enumera respecto a los numerosos problemas que han ido surgiendo en esta edición. Como reconocía previamente, él también tuvo que resolver algunos. «Tienes que saber donde está el límite entre competitividad y fiabilización de la embarcación y de uno mismo», saca como conclusión.

Por otro lado, el componente psicológico es quizás de lo más importante, y dice que es aquello que más hay que trabajar. «En el ranking se refleja. Hay gente que en otras regatas más cortas estaban siempre por delante, pero en la Mini Transat se han quedado detrás», remarca.

«A nivel estratégico, no tienes medios para controlar al resto de la flota. Te lo tienes que imaginar. Únicamente sabes cuantas millas les quedan a la llegada a los otros. Una vez al día se comunica, al igual que la meteorología.  Tienes que hacerte tu propio plan», comenta sobre lo real que es la soledad en el mar. Añade que hay regatistas acostumbrados a tener rutajes preparados a ordenador, pero que en este tipo de pruebas pierden cualquier utilidad a los pocos días. «Uno tiene que salir de su zona de confort», recomienda.

Tras esta aventura, Carlos Olsson piensa que es momento de parar. «Para hacer un proyecto más competitivo, necesitaría del apoyo de sponsors muy grandes», reconoce, explicando que su intención es volver a su pueblo para compartir su experiencia con el mundo y ayudar a niños del club náutico. «Luego no lo sé, ahora no lo voy a pensar. Mi reto nunca ha sido hacer un proyecto ultracompetitivo y ganar a otras personas. No es lo que me ha motivado. Lo que más me tira es estar ligado al mar», concluye.

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