“¡Buenos días, Rodolfo!”, exclama con su clásica alegría anunciando su llega al polideportivo. Del otro lado de la recepción la saludan con afecto. Con su mochila para hacer deporte y junto a su fiel compañera Tolka, su perra guía, entra como cada lunes, miércoles y jueves al recinto deportivo para cumplir con su rutina casi sagrada: hacer ¡spinning¡.

Con la seguridad en cada paso aunque siempre con precaución y la atención de los compañeros, Ana Belén accede al vestuario para cambiarse y ponerse cómoda. Sabe que llega la hora que más espera en la semana. Aquella clase de su actividad especial que le apasiona. ‘¡Estoy super enganchada!’, confiesa con euforia.

Su inseparable compañera

Con su mascota, y la ayuda de alguna ‘compi’ se meten al gimnasio y se despide efímeramente de Tolka, que espera en la puerta de la sala de spinning custodiada por un trabajador de la sala. Para ser sinceros, no sé quién cuida a quién puesto que la perra contempla todo y parece tener todo bajo control. Aunque, para los lectores, es importante aclarar que la mayoría la conoce por su nombre y le regala caricias y abrazos. Su dueña lo agradece. Sabe que donde va ella le acompaña su can.

Animales especiales que se transforman en los ojos de los humanos. Sin duda, uno de sus mejores amigos.

“Estoy muy encantada con los compañeros, los monitores y con el polideportivo que se han portado muy bien. La gente es muy maja, me han aceptado muy bien y a mi perra también. La tratan súper bien. Si mi perra está a gusto yo estoy a gusto. Tolka se queda en la puerta de la sala de spinning porque dentro hay música y se asusta. Ella me espera tranquila en la puerta hasta que salgo”, narra con alegría mientras la premia con una barrita canina y le acaricia la cabeza.

Finalizada la clase, se reencuentra con el fiel animal y regresan juntas a casa. Un poquito más de un kilómetro separa el polideportivo de Beteró del Mercado del Cabañal donde se encuentra su casa. Un paseo que para cualquier peatón con visibilidad puede suponer, semáforos mediantes, un cuarto de hora andando. En su caso, la lógica nos hace pensar que tardará algo más. Pero no es un problema para ellas. Van juntas a todas partes y el camino parece ser una aventura diaria que conocen a la perfección.

A sus 46 años, Ana acumula 7 años siendo usuaria del polideportivo. Cuando comenzó aún tenía vista y, con el correr de los años, se fue disminuyendo. “Desde pequeña tenía problemas visuales y fui perdiendo la vista poco a poco. Llevo cuatro años en los que ya no veo absolutamente nada, ni sombras ni luces. Antes de quedarme ciega ya venía a hacer deporte”, recuerda con emoción.

Su recuerdo nos lleva a imaginarnos su presente en aquellos años: ‘Es cierto que por entonces ya usaba bastón porque tenía dificultades por la noche. A veces distinguía la silueta o una especie de bulto de las personas y sabía distinguirlos. Desde que vengo al polideportivo llevaba bastón y ahora un perro guía’.

El hockey como excusa

Ana padece retinosis pigmentaria, un grupo de enfermedades degenerativas que afectan al ojo y se caracterizan por una pérdida lenta y progresiva de la visión hasta llegar a la ceguera. Así lo explica ella: “es una enfermedad que va cerrando el campo visual poco a poco como si estuvieses viendo por un tubito, hasta que se cierra”. Su historia con el deporte viene, justamente, porque sus hijos Brenda y Javito, de 19 y 18 años respectivamente, jugaban a hockey en el polideportivo municipal donde se encuentra la Federación de Hockey de la Comunidad Valenciana.

Por ‘culpa’ de ellos, la carismática Ana tuvo que encontrar la solución a su tiempo de espera. “Empecé a hacer deporte porque mis hijos hacían hockey y cuando los traía a entrenar me venía a la sala de musculación para, al igual que ellos, hacer algo deporte. Ellos fueron de alguna manera la excusa o la motivación para que yo aproveche el tiempo de espera y hacer deporte. Al principio iba a la sala de musculación hasta que abrieron las clases de spinning”, confiesa dibujando una sonrisa.

El spinning es una actividad en la que te sientas en la bici y te van dando indicaciones lo cual resulta más sencillo para personas como yo”, agrega.

Su amiga Natalia le acompaña a menudo haciendo que el deporte sea aún más divertido. Sin embargo, como podrán imaginar, la pérdida de visión ha significado una cambio radical en su vida y, lógicamente, en su estado de ánimo. El deporte le ha servido para desconectar y seguir disfrutando de una de las cosas que más le gusta hacer.

Aferrarse al deporte

“Fue muy duro al principio. Actualmente hago deporte y teatro, pero para llegar a este punto me ha costado mucho porque he estado con depresión. Cuando yo veía iba en moto, leía y hacía de todo. Me ha costado. Pero de todo se sale”, declara con una mezcla de orgullo y emoción.

Ana salió adelante superando miedos y tumbado barreras. Con la ayuda de sus amigos, y de su marido Javier, ha podido seguir sonriendo aunque, a raíz de esto, lo ha tenido que hacer también al lado de una nueva amiga que la acompaña a clase. Una compañera de cuatro patas que guía sus pasos. El deporte también contribuyó en su búsqueda de recuperar su estado de ánimo disfrutando de su spinning.

Me encanta hacer deporte. El deporte es algo que necesito. Yo me siento en la bici, escucho la música y desconecto. Me siento súper bien. Al principio lo hacía porque estaba aquí y no tenía otra cosa que hacer. Pero ahora me encanta. Además, hice buenas amigas en spinning con las que quedamos o nos hablamos por teléfono”, concluye con optimismo.

Ana lo tiene claro. El deporte forma parte de su vida. Sabe que lo necesita y le hace bien. O, como diría ella, ‘me lo paso pipa’. Una persona de carisma especial, sonriente y con un estado de buen humor envidiable. Así es ella. Pedaleando se ha quitado la venda de sus ojos. Aunque sea ciega, ve con claridad el sentido de su vida que se resume en la familia, el teatro, Tolka y el spinning.

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