El primer lunes del mes de agosto nos dejó uno de los sustos más grandes que se recuerda en el Aeropuerto de Manises. El vuelo procedente de Londres aterrizaba en tierras valencianas dejando un humo algo cuestionable procedente del motor y que iba bañando el cielo de València. Fue entonces cuando, con el avión parado, ese humo rodeó a todos y a todas las pasajeras que, atónitas, sorprendidas y asustadas, no sabían qué estaba pasando.

La cabina y prácticamente todo el avión fueron cubiertas por una capa de humo ante el bloqueo de una tripulación en estado de shock que no fue capaz de explicar qué era lo que realmente estaba pasando. Ahí, entre pasajeros gritando, otros rezando y otros intentando evitar los pensamientos que le hacían ver la muerte demasiado cerca, el ser humano volvió a regalarnos una historia que mucho tiene que ver con los valores del deporte en general y del rugby en particular.

Y es que en ese avión viajaban integrantes del equipo del Club Rugby San Roque de València que venía de disputar el European Touch Club Championships 2019 y que decidieron no convertirse en héroes, sino demostrar que todavía hay que tener fe en los seres humanos y que los valores que inculca un deporte como el rugby pueden ayudar a la gente a mantener la calma y encontrar una salida en una situación de pánico.

Los protagonistas de las declaraciones de esta tensa pero bonita historia son José Delgado y Enrique Hueso, pero no podemos olvidar ni a Raquel, jugadora y entrenadora del equipo de San Roque, ni a un piloto que ese día era pasajero ni a una mujer pelirroja que se erigió como líder. No hay mayor descripción, pero merecen ser nombrados. Así lo transmite siempre el propio Delgado en sus respuestas. Todos y todas merecen ser reconocidas sea de la manera que sea.

Veías las caras de pánico y pensaba: ¿Cómo no vas a ayudar?

El humo sería el causante de un caos ante el que solo pudieron hacer frente los anteriormente citados. De hecho, el propio José Delgado cuenta con sus palabras la dureza de los momentos vividos en el avión: «Vi que empezaba a salir humo blanco del motor y de repente, la cabina empezó a llenarse. Hubo un momento de desconcierto, nadie nos dijo nada. La tripulación estaba desaparecida, se bloqueó. La gente pedía aire, gritaban, rezaban… Nosotros intentábamos mantener la calma. Había mucho caos y mucho miedo. Costaba hasta respirar».

El avión llegó a aterrizar. Parecía que la calma se apoderaba de la gente, pero todo lo contrario. Fue entonces cuando un piloto anónimo comenzó a liderar la lucha contra el caos: «Cuando aterrizamos hubo intentos de bromear con el humo. Pero no abrían y el avión, parado sin ninguna información. Veíamos a los bomberos y claro, más nervios. Cuando tocaba abrir la puerta, la tripulación tampoco respondía y en el asiento de emergencia teníamos a un piloto que abrió él«.

Y de repente, los toboganes. El camino hacia la salvación estaba instalado, pero no organizado. Los que se lanzaban por el tobogán eran escupidos, pero no había agua. Los golpes eran contra el asfalto y solo una persona custodiaba desde la pista los toboganes, algo que no solucionaba nada cuando por esas rampas se lanzaban niños y niñas, personas de 80 años, gente con muletas y escayolas…

Fue ahí cuando José Delgado y Enrique Hueso decidieron, como si fuera un partido de rugby, echarse el equipo a las espaldas: «Con los toboganes puestos, la gente empezó a tirarse pero abajo solo había una persona y los golpes eran muy duros, eran contra el asfalto. Yo me tiré detrás de los primeros niños y me quedé bajo para ayudar a la gente. Algunos parecían salir volando. Había una niña hasta con muletas, gente mayor, las caras de pánico… ¿Cómo no vas a ayudar?»

Dentro de un caos inexplicable, la espontaneidad hizo que las mentes de Delgado y Hueso se mantuvieran frías: «No eres consciente en el momento, pero veías las caras y no podías irte y dejarlos allí. ¿Con qué conciencia vives después? No lo piensas demasiado, fue todo espontáneo. Cuando se tiraban los más pequeños les animábamos para que salieran corriendo un poco más tranquilos. Estaban corriendo por su vida«.

Trabajamos en equipo y tiramos del carro, lo que hacemos en el rugby

El otro protagonista de la historia es Enrique Hueso, más conocido como ‘Kikon’, que intenta describir lo vivido como un partido de rugby tirando todos de todos para conseguir el objetivo colectivo: «Hay que intentar ayudar y como nadie les tranquilizaba, pues el primer pensamiento fue el de hacerlo nosotros. Como un equipo, todos teníamos que tirar del carro para que todos pudiéramos salir. Me puse a repartir agua para que la gente se pudiera hidratar porque la tripulación no hacía nada».

Como José Delgado, Hueso se quedó en la pista para levantar a la gente cuando se tiraba del tobogán. «Cuando abrieron la puerta, me tiré por el tobogán y me quedé bajo porque no había nadie. Había que ayudar a la gente a levantarse de la rampa. Un hombre de 80 años que ni siquiera fue ayudado por la tripulación para tirarse… Pues imagínate para levantarse. Fue el trabajar en equipo y tirar del carro, lo que hacemos en el rugby».

La ayuda de Hueso comenzó en el avión. Y es que tuvo que reaccionar ante la falta de respuesta de una tripulación que ni siquiera fue capaz de repartir agua para facilitar la respiración: «Era raro que no nos dijeran nada, pero es que tampoco repartieron agua porque la gente se tenía que mojar para poder respirar. Tenían tiempo, pero no nos informaron de nada. Tuvimos que reaccionar y nosotros fuimos quienes calmamos a la gente«.

Y todo ello, sin dejar atrás los valores que genera un deporte como el rugby, que el propio jugador del San Roque no quiere olvidar mientras relata esta historia: «A la gente que me dice que quiere apuntar a sus hijos o hijas a otros deportes les digo que apuesten por el rugby, que sus valores no tienen nada que ver. Haces muchísimo más equipo. En otros países hasta lo valoran para trabajar, hay que trabajar en equipo«.

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