Este próximo 2 de diciembre, Valencia volverá a convertirse en la Ciudad del Running. Ese día se celebra nada más y nada menos que el Maratón Valencia Fundación Trinidad Alfonso EDP, una edición de auténtico récord. Y es que la organización tuvo que cortar la venta de dorsales al llegar a la cifra esperada: 22.000 participantes. Con esa cifra se superaba de manera holgada la de 19.248 corredores del pasado año.

Dentro de esos 22.000 participantes hay corredores y corredoras de todo tipo: los que corren para ganar, los que salen a la calle a poner a prueba su resistencia y los que visitan Valencia porque el Maratón es una competición para superarse a sí mismos. Nuestro protagonista es del último tipo de corredor, esos que llevan compitiendo toda la vida. Nuestro protagonista es Riccardo Romaguera, un italiano que se siente valenciano.

Riccardo Romaguera fue diagnosticado el pasado año 2006 con el síndrome de Guillain-Barre. Este síndrome afecta a la comunicación entre las señales que manda nuestro cerebro y la médula espinal. Así, según el Instituto Nacional de Trastornos Neurológicos y Accidentes Cerebrovasculares, “los músculos tienen problemas para responder a las señales del cerebro. Nadie conoce la causa de este síndrome”.

En casos severos y con la ausencia de conocimientos sobre el nacimiento del síndrome, el paciente puede quedar casi paralizado. Eso es lo que le pasó a Riccardo: “El síndrome de Guillain-Barre es un monstruo que te destruye en apenas 72 horas como ha sido mi caso y que me ha dejado en una cama de hospital por casi un año entero de mi vida y moviendo solo la cabeza”.

“Después de múltiples curas y tratamientos continuos de Plasmafereris e inyecciones de Immunoglobulina Humana continuas las 24h fue posible notar una mejoría tal de permitirme quedar sentado en una silla de ruedas y empezar a mover y tratar aquellos músculos que se habían atrofiado por culpa de la parálisis completa”. Llegar a sentarse en una silla de ruedas podía ser una victoria, pero el camino hacia el Maratón solo había hecho que empezar.

Los días se convertían en meses o en años

Evidentemente no iba a ser fácil superar este síndrome. Pero, en ocasiones así, el deseo de poder caminar una vez más se convirtió en un motor para Riccardo: “Lo que más desea cualquiera que se enfrente a esta enfermedad es poder volver a una vida normal, trabajar o simplemente poder asomarse a una ventana para respirar el aire fresco después de la lluvia”.

“El momento exacto en el que no tiro la toalla puede que haya sido desear con todas mis fuerzas volver a caminar y trabajar y recuperar todo el tiempo robado. Cuando sufría este síndrome, un solo día parecía durar meses o años eternos“.

Pero esa eternidad pronto comenzaría a quedar en un segundo plano. La lucha comenzaba a decantarse: “Una vez hechos los primeros pasos noté la diferencia en el caminar por el lado izquierdo, que había sido el más dañado sobre todo en la rodilla. Pero cada paso ya era un milagro. Cada vez que iba a hacer la compra era algo increíble que había conseguido. Encontrar trabajo, volver a ser útil para los demás“.

La fortaleza de la familia, un acicate más para Riccardo

En ocasiones tan duras como la que vivió Riccardo, el apoyo de la familia y amigos es vital. De hecho, ahí es cuando vemos realmente la fortaleza de las personas. Y eso es lo que vio Riccardo en su madre: “La de mi madre fue una lucha doble. A pesar del sufrimiento, ella fue la más fuerte quedándose siempre a mi lado. Nunca me dejaba solo y siempre me animaba a no rendirme nunca. Siempre estaba ahí para darme fuerzas”.

Y es que el camino para dejar atrás el síndrome y la silla de ruedas ha estado lleno de trabas: “Los tratamientos como la plasmaferesis para limpiar la sangre eran tan peligrosos que podían provocar en mi caso una parada cardíaca. Y las fuertes medicinas representaban una continua situación en peligro de vida ya que, desde el nacimiento, tuve la mala suerte de nacer con dos riñones más pequeños de lo normal”.

“El resumen de la hospitalización es 72 Horas desde la caída en la enfermedad, el famoso día 16 de abril del 2006,  cuando ingresé en el hospital S. Antonio de Padua (Venecia, Italia). Entre 2006 y 2007, meses de inmovilidad y en los primeros 4 meses de 2007, fisioterapia, rehabilitación, aprender a caminar y ser independiente otra vez”.

Por culpa de este largo y arduo proceso, Riccardo Romaguera se licenció en Medicina en Italia con retraso. Pero ese título de Medicina ya suponía dejar la silla atrás.

Londres como punto de partida hacia una nueva vida

La crisis que azotó y sigue haciéndolo a la economía de Europa afectó también a nuestro protagonista, que no encontró posibilidad de trabajar ni en Italia ni en España. Así, Riccardo tomó la decisión de empezar una nueva vida lejos de su casa y de los recuerdos de un síndrome que, en ocasiones, aparece para recordar que está ahí: “Vivía con el continúo miedo de no volver a ser yo, pero decidí lanzarme a nueva vida”.

“Me daba miedo intentar volver al gimnasio y no ser capaz de correr ni siquiera 100 metros por los dolores que tenía por todo mi lado izquierdo y centrado en la rodilla. El muslo izquierdo sufrió daños permanentes, no era posible volver a ‘arreglarlo’ y se notaba mucho la diferencia de forma entre el izquierdo y el derecho”.

Pero el miedo se quedó atrás ante la nueva vida: “De repente me vi en el gimnasio otra vez y había conseguido correr más de 1 kilómetro. La rodilla dolía pero era demasiado increíble para mí. Luego, cada vez corría más y contra todo pronóstico. No me lo podía creer. Después encontré una carrera para recaudar fondos para la investigación contra el cáncer, una 10 K, y me lo tomé como desafío personal”.

“¿Iban a aguantar mi cuerpo y mi rodilla tanto? ¿Estaba ganando a Barre? Recuerdo que desde el primer paso hasta cruzar la línea de meta lloré todo el tiempo. Iba escuchando las mismas canciones que escuchaba cuando estaba ingresado en el hospital mirando por la ventana y deseando volver a levantarme. Lo había conseguido. Me había levantado. Las lágrimas ya no eran de tristeza. Y entregándome mi primera medalla, no me lo podía creer”.

De una silla de ruedas a correr un maratón

Esta frase es la que resume la vida y la lucha de Riccardo Romaguera, que a cada kilómetro se convierte en una inspiración para los que, por desgracia, viven situaciones similares. Pero, con una fortaleza digna de los titanes, nuestro protagonista habla de su proceso de recuperación hasta poder correr de nuevo como un proceso en el que la paciencia es clave.

“Hay que tener mucha paciencia y firmeza a lo largo del proceso pero teniendo en cuenta aspectos fisiológicos y psicológicos que hasta han necesitado de años para ser resueltos”.

Superados los problemas, Riccardo asumió el papel de ejemplo y decidió plasmar su lucha en una oración: “De una silla de ruedas a correr un maratón”. Esta frase tenía su objetivo: “Es complicado que la gente entienda algo tan raro y la frase tenía un toque menos dramático para permitir a todos que entendieran que he conocido el significado del sufrimiento y de la lucha para volver a la vida”.

10 años después de ser ingresado en el hospital, Riccardo corrió el Maratón de Atenas y lo terminó. El pensamiento fue el de haber dejado atrás de una vez por todas a ese maldito síndrome, pero en el Maratón de Valencia del año pasado comprendió que no: “Cometí el error de menospreciar algo que al parecer sigue siempre allí y que, al parecer, me recuerda que debo disfrutar siempre en cada momento“.

“Llegados al KM 27, el dolor en la rodilla izquierda era tan fuerte que tuve que arrastrarme por los demás kilómetros lleno de rabia, dolor y rendición. Demasiada mala suerte por tantos meses de entrenamiento, y no se si por la gripe o por no entrenar lo suficiente, pero mi enemigo mortal, el Señor Barre, había vuelto otra vez. Pensaba había desaparecido para siempre y estaba equivocado”.

Carmina, Picassent, Valencia y un grito: AMUNT

Si a alguien admira Riccardo es a su madre, Carmina. Nacida en Picassent y convertida en una luchadora nata, Carmina inspira a Riccardo cada segundo: “Mis hermanos también me han ayudado, pero ella ha sido mil veces más fuerte que nosotros. Siempre tengo la esperanza de poder dar justicia a su historia e intento demostrar su fortaleza compartiendo una de las historia, la mía, como expresión del buen trabajo que ha hecho”.

“Sin ella, nada de esto hubiera sido posible ni hubiese merecido la pena, ni siquiera vivir. Todo lo que hacemos es para que ella sea orgullosa y cada vez que planeamos volver a Valencia es como volver a una tierra sagrada. Con ella tenemos Valencia, Picassent, Cullera y otros sitios en el corazón. Compartir tradiciones locales y olor a pólvora que solo los valencianos conocen aunque estén al otro lado del mundo o hablemos distinto”.

La pasión y admiración de Riccardo hacia su madre se trasladan a Valencia y su maratón, porque el Maratón de Valencia no es uno más: “Valencia no es un maratón como cualquier otro. Gritar allí es gritar que lo conseguiste en toda tu vida. Valencia no es solo 42 km, es una vida entera, tu vida y las de todas las personas que te quieren y sufren a tu lado esperando verte ganar”.

Y es que, al final, un grito tan valenciano como ‘AMUNT’ se quedó grabado en aquel hospital de Italia que cada vez queda más lejos: “Una madre que lleva años hablando italiano en una tierra extranjera al ver su hijo mover otra vez sus piernas y volver a caminar después de la enfermedad que casi le mataba, grita llorando dentro de un hospital italiano: ‘¡Amunt! ¡Hijo mío, amunt!’“. Valencia y su Maratón son mucho más que una ciudad y una carrera.

“Valencia es el centro de todo en mi historia. Demasiadas veces, el destino nos ha llevado lejos de Valencia, no ha sido justo con nosotros y ni siquiera ha sido justo para mi madre. Todos saben que Valencia es especial, pero una cosa es que lo sea para los turistas y otra, que cuando bebes una horchata y saboreas un pastelito de boniato te eches a llorar“.

Este próximo 2 de diciembre, Riccardo, Carmina y todas las personas que han conseguido que nuestro protagonista llegue hasta aquí podrán disfrutar de su ciudad, de la ciudad. Porque Valencia y su Maratón son mucho más que una ciudad y una carrera.

Fotografías cedidas por Riccardo Romaguera.

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